sábado, 22 de junio de 2013

“Historias Bizarramente Paralelas” – Episodio 114

Las felicitaciones por el logro de Alejandro, no demoraron en aparecer…

REBEKO: (Se pone de pie, hace levantar a su yerno y lo abraza) ¡Te felicito, Alejandro y vas a ganar! Mi instinto felino extrasensorial me lo dice…
ALEJANDRO: Entonces, gano porque gano… (Daymar lo saluda también) Voy a buscar a mis princesas…
DAYMAR: ¿Por qué no las dejan aquí? Con todo el jaleo que tienen, es mejor que las niñas pasen la noche con nosotros y mañana se las llevamos a tus papás, Alejito.
REBEKO: ¡Me parece buena idea! (Guiña los ojos sin parar)
ALEJANDRO: ¿Qué le pasa, Don Rebeko? ¿Le arde la vista?
DANIELA: ¡Qué le va a arder la vista, Alejandro! ¡A veces te pones medio bobo!
DAYMAR: ¿Medio? No, ¡qué va! ¡Bobo completo!
REBEKO: Ni cómo defenderte, niño…
ALEJANDRO: Jajaja, ya caí, ¡tarde, pero seguro! ¿Nos vamos, amor?
DANIELA: Vamos.

La pareja se despidió de Daymar y Rebeko y se fueron a su casa. No alcanzaron a entrar que ya estaban en pleno cachondeo. Hicieron el amor con todos los deseos a flor de piel y luego, Ale primero y Dani después, se dieron un baño.
Mientras su esposa terminaba de prepararse para dormir, Alejo se puso a leer un poco y sin pretenderlo, por la rabilla del ojo, notó que la puerta del privado estaba entreabierta y allí, sentada, de espaldas a la abertura, su Cosita se peinaba. Se puso de pie y se acercó sólo unos cuantos pasos.

La observó detenidamente, con mucha calma, sin que aquella mujer tan amada lo notara. Los movimientos de ella eran delicados, pausados, decorosos. Peinaba su cabello color tostado con suma elegancia, cuidado y gracia: no había caso, hasta el gesto más habitual y común, cobraba majestuosidad en Daniela, al menos para los ojos de Alejandro, así era.
Sus manos jugaban con las ondas de su pelo y los dedos se entrelazaban una vez y otra más, guiando al cepillo que navegaba por la bellísima cabellera, dejándolo sedoso y manejable. Algún recuerdo en la memoria de la mujer, condujo hasta su boca y se transformó en sonrisa y esa mueca de alegría en el rostro de su esposa, desarmó a aquel hombre que sintió como el corazón galopaba salvajemente en su pecho, queriendo salir de allí para rendirse a los labios finos y sensuales de  Dani, labios que dibujaban fantasías interminables en Alejo, quien no podía detener las imágenes en su mente. Imágenes que estaban llenas de ansias, de fuego, de Daniela besándolo, amándolo, entregándose a él con la misma pasión ardiente que consumía su vientre cada vez que su mujer aparecía en sus pensamientos.

Ella volvió a sonreír y él murió de amor… La deseó de nuevo, como si jamás la hubiera poseído. En silencio, se acercó un poco más y llegó hasta la puerta. Se apoyó sobre el marco y continuó mirándola, era un paraíso para sus ojos y algo en su interior le dio la seguridad que siempre sería de ese modo: aunque los años pasaran, Alejo sabía que para él, Dani era el Edén eterno. La mujer que sin saberlo, era el objeto directo de sus plegarias más tiernas y dulces y de sus fantasías más eróticas y llenas de lujuria, tomó el pote de crema y corrió su bata, dejando sus hermosas piernas al descubierto. El hombre, las recorrió con la mirada, de arriba abajo sin perderse detalle alguno y aunque las conocía de memoria y su boca las había explorado miles de veces, no dejaba de ponerles atención y de maravillarse con ellas; era como si un niño entrara a una juguetería llena de todos sus juguetes favoritos. Ale sonrió y siguió las manos de su esposa que subían y bajaban por sus extremidades, llevando la crema de aquí para allá…
Un nuevo gesto de felicidad llenó el rostro de Dani y su marido no pudo resistirlo más. Cuando ella iba a quitarse la bata para pasarse la crema en los hombros, él la detuvo…

ALEJANDRO: (Oliendo el maravilloso aroma) Déjame hacerlo a mí, amor… (Tomó el pote de las manos de ella) Huele a almendras…

Alejo quitó la bata de su esposa y comenzó a pasarle la sustancia. Primero fueron los hombros, luego la parte baja del cuello y después los senos. No los tocaba con lujuria, sino con cuidado, con el tacto exacto de un cirujano y el calor de un hombre completamente enamorado que quería darle a su amada, un momento de relajación y apapachos.

Ella lo dejaba hacer sin interrumpir, el contacto de esas manos grandes, fuertes, sólidas y nobles, la llenaban de paz, de tranquilidad y notar cómo él procuraba consentirla, llenó su corazón de alegría y regocijo: Alejandro era sencillamente el hombre ideal, perfecto con todo y sus defectos. Lo veía tan concentrado en hacerla sentir bien, que no pudo sentir más que ternura y ganas de estar con él, de ser suya y hacerlo propio. Le agarró las manos y lo detuvo. Se puso de pie y lo animó a incorporarse, acariciando, por sobre la remera, el increíble y bien formado abdomen y los pectorales de su marido, su amante, su amigo, SU ÚNICO, VERDADERO Y GRAN AMOR…

DANIELA: Quiero que me hagas el amor…
ALEJANDRO: No buscaba eso, hermosa, sólo quería consentirte.
DANIELA: Lo se, te conozco y se cuándo buscas sexo y cuándo no…

Se miraron durante algunos segundos y ella le volvió a tomar la mano y lo fue guiando hasta la cama. Al llegar, lo tumbó con tranquilidad. Sin besarlo, le quitó la playera y recién ahí, su boca buscó los labios de Alejo. Cuando los encontró, primero le dio unos besitos cortitos, suaves, para luego, hacer que su lengua se abriera paso y fundirse ambos en un beso magno, delicioso, provocador.
Antes que él pudiera reaccionar, ella ya estaba bajando sus manos hasta la tira del pantalón pijama y lo desató con simpleza y ligereza. La piel de Alejandro era trigueña, como dorada al sol y además, era tersa, tentadora.
Bajó un poco el pijama y se encontró con el miembro de su esposo completamente erecto. Con un solo movimiento, bajó también la ropa interior, liberando las partes nobles y erguidas y llevó su boca hasta allí, robando un tremendo gemido de los labios de Alejandro que no había visto venir ese gesto.

Daniela estaba igual de excitada y hacerle sexo oral a su hombre, le fascinaba, la embriagaba de gozo. Prodigarle ese placer sublime a quien ella tanto amaba, la volvía esclava de sus propios deseos y fiebres. El generalito ardía y cada vez se ponía más duro, cosa que generaba aún más éxtasis en ambos.
Ale la tomó de las manos y la hizo subir, dejándola de pie junto a la cama. Él, todavía sentado, se acercó hasta el vientre de ella y lo besó, lamiéndolo, mientras desabrochaba el sujetador, para liberar los senos que unos momentos antes había tocado. Seguían teniendo ese delicado aroma a almendras y Alejo los agarró y acarició hasta que su boca llegó a ellos y los saboreó sin tapujos, ni tabúes. A medida que se deleitaba con los duros pezones de Daniela, sus manos la despojaban del resto de la ropa y cuando estuvieron desnudos los dos, el hombre se puso de pie y se aferró al cuerpo de la mujer, logrando con ese roce de pieles, que los dos sintieran como todo dentro de ellos se quemaba por ser uno, por hacer el amor.
Todo a su alrededor era sexy, sensual. Se besaron como desesperados y con pasividad y paciencia, fueron acostándose en la cama.

Dani se acomodó primero y después, Alejo, se posó sobre ella, entre sus piernas y antes de penetrarla, la volvió a besar con más desesperación que antes, sintiendo en su boca el exquisito sabor de los labios que amaba más que a su propia vida. Cuando la mujer sintió como su intimidad era invadida por la de su marido, gimió poderosamente, apretándolo con los brazos y piernas, como para no dejarlo ir jamás. El vaivén era muy calmado, nada los apuraba y aunque habían hecho el amor un rato antes, esta nueva entrega física parecía ser la primera o la última por la manera en que la pareja se ofrecía al otro, por la forma en que se procuraban y se permitían pertenecer a quien les llenaba la vida de dicha. Una y otra y otra vez, Alejo penetró a Dani y mientras eso sucedía, el tiempo parecía detenido, nada más existía para ellos: eran sólo los dos y su amor. Un amor que había sido puesto a prueba de las maneras más tontas y de las más crueles también. Un amor que salió airoso de cada problema. Un sentimiento que estaba infinitamente más fortalecido que al principio. Un amor que les había dado dos hermosas hijas. Un amor que los llenaba y rebasaba sin detenerse y que, aunque ellos no lo sabían, porque nadie tiene nada comprado, los acompañaría hasta el último día de sus vidas, más intenso y más fuerte a cada paso que dieran en el camino.

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